lunes, 22 de junio de 2009

Resumen de las Revoluciones de los años 20, 30 y 48

Las revoluciones de 1820
La oleada revolucionaria que recorrió Europa en 1820 afectó fundamentalmente al área mediterránea, más concretamente a España, Nápoles y Grecia. En los dos primeros estados fracasó la implantación de sendas monarquías liberal-constitucionales debido a la intervención de los vecinos estados absolutistas.
En Grecia la revolución, que perseguía la independencia respecto al Imperio Turco, fue apoyada por Gran Bretaña, Rusia y Francia. Tras una larga guerra que duró casi una década y que concluyó en 1829, Turquía reconoció la independencia del nuevo Estado.
En América se independizaron las colonias de España y Portugal, resultando de ello el nacimiento de diversas repúblicas.

Las revoluciones de 1830
La Libertad guiando al pueblo Tuvieron mayor relevancia y trascendencia que las de 1820. En ellas se entremezclaron reivindicaciones de carácter nacionalista (Bélgica, Polonia, Italia y Alemania) con intereses de grupos minoritarios burgueses y obreros.
El epicentro de estos movimientos, al igual que en 1789, fue Francia.
Gran parte de estas insurrecciones estuvieron auspiciadas por minorías agrupadas en asociaciones secretas, con conexiones internacionales de fuerte presencia en la oficialidad del ejército. Su objetivo era realizar una "revolución universal contra la tiranía". De entre esas asociaciones destacaron la de los masones y sus herederos más activos, los carbonarios.
La revolución en Francia
Carlos X de Borbón (sucesor de Luis XVIII) había restablecido el absolutismo monárquico. Tras las revueltas de 1830 se vio obligado a abdicar en la figura de Luis Felipe de Orleans (1830-1848) quien instauró un régimen político liberal de signo doctrinario (moderado) con sufragio censitario.
Bélgica
Logró independizarse de los Países Bajos (Holanda) a la que había sido unida en 1815 como "Estado-Tapón". Formó un nuevo estado basado en una monarquía constitucional representada por Leopoldo I.
España
Pasó de un régimen político absolutista a un régimen liberal, iniciándose un período de guerras civiles entre liberales y absolutistas (Guerras Carlistas).
Polonia, Alemania e Italia
En estos países las revoluciones no tuvieron éxito, fueron aplastadas por los regímenes absolutistas de Rusia, Prusia y Austria. La mayoría de los liberales y nacionalistas polacos, italianos y alemanes hubieron de exiliarse a otros países, fundamentalmente a Gran Bretaña y Francia.


Las revoluciones de 1848
Revolución de 1848 en París La oleada revolucionaria de 1848 se inició -al igual que la de 1830- en Francia y se extendió a continuación por gran parte de Europa. Es conocida con el nombre de "primavera de los pueblos".
Sus causas fueron:
La crisis económica desatada en Francia en 1847 como consecuencia de una serie de malas cosechas, en especial la de patatas, alimento básico para las clases populares. La crisis agraria influyó en los sectores industrial y financiero, llevando al paro a muchos obreros.
La negación de derechos y libertades a importantes sectores de la sociedad francesa: la monarquía de Luis Felipe de Orleans sólo satisfacía los intereses de la alta burguesía, en tanto que la pequeña burguesía como el proletariado quedaban política y económicamente desatendidos. Hay que distinguir entre los sucesos de Francia y el resto de Europa:
Francia
En febrero la insurrección, protagonizada por sectores pequeño-burgueses, obreros y estudiantes forzó la abdicación de Luis Felipe y la proclamación de la IIª República bajo un régimen de acusado matiz social que implementó las siguientes medidas: sufragio universal masculino (frente al censitario), libertad de prensa, libertad de asociación y derecho al trabajo.
Revolución de 1848 en París
El gobierno provisional contó por primera vez con miembros socialistas (Louis Blanc) que implantó la jornada laboral de 10 horas. Además, con el fin de mitigar el paro obrero (más de 100.000 desempleados solo en el distrito de París) fueron creados los Talleres Nacionales, impulsados desde el Estado, si bien constituyeron un fracaso y fueron clausurados tras pocos meses de funcionamiento.
En junio la revolución se radicalizó y la pequeña burguesía que había estado del lado de las clases obreras se alió con la alta burguesía. La lucha contra el absolutismo se transformó en una lucha interclasista entre burgueses y obreros que se saldó con una fuerte represión (más de 1.500 ejecutados).
El resto de Europa
Imperio Austríaco
Se produjo la caída y huida de Metternich y el emperador Fernando I hubo de aceptar la formación de una Asamblea Constituyente. Las reinvinciaciones nacionalistas se unieron a las liberales, especialmente en Hungría y Chequia, que lograron cierta autonomía dentro del Imperio.
Alemania
La revolución en Alemania también tuvo una marcado signo nacionalista. Federico Guillermo IV de Prusia hubo de aceptar una Constitución de base censitaria.
Revolución en Berlín
Italia
La revuelta estuvo cargada de significado nacionalista y sirvió -pese a su fracaso- de punto de partida en el proceso de unificación.
En Nápoles se implantó una monarquía constitucional que sustituyó al absolutismo; en los Estados Pontificios la sublevación hizo huir al Papa y se constituyó una república; el reino de Lombardía-Véneto se sublevó contra los austríacos y en el reino del Piamonte se creó una monarquía constitucional que se convirtió en el motor de la unidad italiana.
Balance de las revoluciones de1848
Aunque las revoluciones de 1848 fracasaron, su experiencia influyó poderosamente en las ideologías obreras del siglo XIX.
Socialmente
Los distintos grupos que se unieron en los inicios de la revolución se alejaron luego al defender distintos objetivos:
Una buena parte de la pequeña burguesía, temerosa de una revolución social, abandonó su alianza con el proletariado y se unió a la gran burguesía, aunque a lo largo del siglo XIX las diferencias entre ambas fueron bien patentes y se materializaron en las luchas políticas entre moderados y radicales.
El proletariado comenzó a adquirir conciencia de clase y, si bien actuó desorganizadamente, se constituyó como un movimiento autónomo desgajado de los intereses burgueses.
Los campesinos, una vez conseguida su liberación del régimen señorial, se condujeron de forma muy moderada y su objetivo en el futuro sería preservar las conquistas conseguidas.
Políticamente
A pesar de ese aparente fracaso, los hechos acontecidos en 1848 supusieron el inicio de una progresiva democratización (sufragio universal) y la incorporación a la lucha política de la clase trabajadora.

viernes, 13 de marzo de 2009

Resumen de las CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

La Revolución Francesa fue el cambio político más importante que se produjo en Europa, a fines del siglo XVIII. No fue sólo importante para Francia, sino que sirvió de ejemplo para otros países , en donde se desataron conflictos sociales similares, en contra de un régimen anacrónico y opresor, como era la monarquía. Esta revolución significó el triunfo de un pueblo pobre, oprimido y cansado de las injusticias, sobre los privilegios de la nobleza feudal y del estado absolutista.
Durante el reinado de Luis XIV (1643-1715), Francia se hallaba bajo el dominio de una monarquía absolutista, el poder de rey y de la nobleza era la base de este régimen, pero en realidad el estado se encontraba en una situación económica bastante precaria, que se agravó por el mal gobierno de Luis XV (bisnieto de Luis XIV), y que tocó fondo durante el reinado de Luis XVI, gobernante bien intencionado, pero de carácter débil, por lo que se lo llamaba el buen Luis.
El mantenimiento de un estado absolutista demandaba mucho dinero, ya que:
* Existía un gran número de funcionarios en el gobierno y cada uno buscaba su propio beneficio
* Se tenía que mantener un gran ejército permanente.
* La corte vivía rodeada de lujos.
Algunos ministros de Hacienda trataron de encontrar una solución a esta crisis, pero sus medidas sólo complicaron más la situación.
Aparece un nuevo problema:
· En envió de tropas a América de Norte, para defender su posiciones territoriales, antes el avance de gobierno inglés, en la guerra de los Estados Unidos.
· Consecuentemente la monarquía se endeudó mucho más.
Soluciones Propuestas:
· Se recurrió al tradicional intento de aumentar los impuestos.
· Se trató de conseguir que la nobleza también aporte su correspondiente diezmo, medida que provocó la ira y oposición de esta última clase social, que estaba dispuesta a defender sus privilegios feudales, hasta el punto de enfrentar la monarquía.
· Para que no se empeorara su situación económica la nobleza trató de acaparar más cargos en la burocracia estatal, y además, aumentó la explotación de los campesinos que trabajaban en sus tierras, exigiéndoles mayores contribuciones.
Resumiendo:
a- La economía del país estaba arruinada.
b- Los nobles consecuentemente sufrían dramas financieros.
c- El clero no recibía el diezmo por parte del pueblo.
d- La burguesía quería acceder a cargos públicos.
e- Los campesinos estaban cansados del poder feudal.
Viendo la difícil situación económica que se asomaba, la nobleza exigió que se llamara a Estados Generales, para el tratamiento de una ley de impuestos. La monarquía prácticamente arruinada económicamente y sin el apoyo de gran parte de la nobleza, estaba en la ruina.
Cuando se reunieron en los Estados Generales (1789), la situación de Francia estaba sumamente comprometida, ya que el pueblo no soportaba más tan penosa vida, y existía un gran descontento social. Las clases sociales existentes en ese momento eran: la nobleza, el clero y la burguesía, pero al contar los votos de la nobleza y del clero, que pertenecían a un estamento privilegiado, superaban en número a la burguesía, y por lo tanto siempre se tomaban las decisiones que a esta sector le convenía. Solucionado este sistema de conteo, el tercer estamento (la burguesía) pudo tomar el control de la situación, y comenzó a sesionar como Asamblea Nacional, y juraron solemnemente que ésta no se disolvería hasta tanto no se logre conformar una Constitución Nacional.
En 14 de Julio de 1789, la burguesía se vio apoyada por un gran sector explotado por la nobleza, los campesinos, que en medio de una agitada multitud revolucionaria formada por hombres y mujeres, saturados de injusticias y de hambre, se dirigen violentamente a la Bastilla, símbolo del régimen absolutista, donde funcionaba como cárcel de los opositores al sistema de gobierno, y toman la toman por la fuerza. Esta demostración atemorizó a los partidarios del antiguo sistema, y sirvió para inclinar la balanza en favor de los revolucionarios, desplazando así del poder a los nobles y partidarios del absolutismo.
Paralelamente se produjo en las zonas rurales levantamientos de los campesinos contra los señores feudales, lo cuales fueron asesinados, y sus castillos saqueados e incendiados. A este movimiento social por la justicia y fraternidad de los hombres en 1789, se lo conoce como el Gran Miedo.
La Asamblea Nacional estaba formada por la burguesía, que inicialmente para luchar contra la monarquía, lo hizo en forma unificada, pero en realidad la burguesía no era una clase social homogénea, sino que estaba dividida en la alta burguesía –banqueros, financistas, comerciantes, propietarios- y en la baja burguesía formada por los profesionales (abogados y médicos), pequeños comerciantes y dueños de talleres.
Cuando llegó el momento de decidir por la forma de gobierno, la alta burguesía apoyó a los girondinos, oriundos de la provincia de La Gironda, que querían llegar a un acuerdo con la monarquía e instaurar una monarquía constitucional, es decir, tenía una actitud moderadora respecto a los cambios políticos.
Por otro lado estaban los jacobinos, que tenían ideas más revolucionarias y de cambios radicales, con tendencia a la instauración de una república democrática, con derechos a la participación política y con la aplicación de medidas más equitativas para la repartición de la riqueza y la lucha contra el hambre popular. Dicho nombre proviene de que se reunían en asambleas, llamadas clubes , en un convento ubicado sobre la calle San Jacobo.
Los diputados de la asamblea, decidieron eliminar los privilegios de la nobleza, se les obligó a pagar impuestos y se eliminó el diezmo a la Iglesia. Pocos días después la asamblea dicta la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, esta proclama se transformó en la síntesis de las ideas revolucionarias, basadas en tres banderas: igualdad, fraternidad y libertad.
Les interesaba la libertad para comerciar, la defensa de la propiedad privada y la igualdad de los ciudadanos ante la ley.
El 3 de Septiembre de 1789, se proclamó la Constitución de carácter moderado, en donde la alta burguesía había logrado prevalecer sus ideales, de negociar con el antiguo régimen, quedando a cargo del poder ejecutivo el rey (Luis XVI), el poder legislativo lo ejerció una asamblea formada por la burguesía y el poder judicial, se compuso de jueces electos. Se estableció que sólo podían votar aquellos que pagaban ciertos impuestos, y de esta manera se pone en evidencia que las banderas de igualdad proclamada por los revolucionarios tenía ciertas limitaciones.
La nobleza de esta manera se vio con sus poderes recortados, lo que los motivó a tratar de crear alianzas y buscar apoyos en otros países con gobiernos absolutista, y de paso tratar de evitar que estos movimientos se expandan a otros reinos, y para ello no había mas remedio que la guerra. Países como Austria y Prusia, atacaron a los franceses en los límites de su territorio y lograron contenerlos, pero los cuidados que tuvieron los países limítrofes con Luis XVI, hicieron evidente de la alianza que existía entre éste y la intervención extranjera, de esta manera el pueblo francés destronó al rey, y luego se lo decapitó. Más tarde fue ejecutada su mujer: María Antonieta. La asamblea nacional fue desplazada y un nuevo cuerpo de representantes reunidos en una Convención, comenzó a dirigir el nuevo gobierno republicano, liderado por la baja burguesía, dependiente del partido jacobino.
El cambio de mayor importancia es que ahora los representantes podían ser elegidos mediante el sufragio universal, permitiendo una mayor participación de sectores humildes y populares, llamados sans culottes (sin calzones).Desde 1792 los jacobinos lograron el control de la Convención, y sus principales activistas fueron: Dantón, Robespierre, Marat y Saint Just.
La república jacobina en el plano exterior debió frenar el avance de los ejércitos extranjeros, en el plano interior debió combatir la aristocracia, y terminar con la resistencia de los girondinos, que se oponían a la nueva forma de gobierno. Para tomar mejor partido de su control, los jacobinos hicieron alianzas con los sans-culottes, y durante 1793, se creó una institución destinada a establecer un rígido control de los opositores, y castigarlos duramente y aplicar la pena de muerte a todos aquellos que no apoyaban el sistema de gobierno republicano. Este instrumento fue dirigido en persona por Robespierre.
Se trataba de mantener dominados a sus opositores, a través del miedo, por lo que se lo llamó: El terror revolucionario
La medidas tomadas por la Convención no pudieron atender a todas las exigencias del sector popular, que seguían sufriendo la crisis económica. Se trató de llevar un control de precios para los alimentos básicos, aplicando severa penas a quienes no las acataban, pero no se logró el efecto deseado, lo que llevó al sector de los sans-culottes a romper su alianza con los jacobinos, creando una fisura y debilidad al partido gobernante.
Conociendo la debilidad de este gobierno, la alta burguesía aprovechando la situación, y deseosos de terminar con los “excesos del populacho” en Julio de 1794, produjeron un golpe de estado, desplazando la república y creando un Directorio, que para lograr su autoridad se apoyaron en los militares. Los líderes de la Convención fueron guillotinados.
El Directorio, eliminó la libertad política de votar a los más humildes, se eliminó el control de precios y se tomaron medidas que favorecieron a los comerciantes y especuladores.
De todas maneras, el sector popular siguió pasando por las misma penurias de siempre y míseras condiciones de vida.
Entre los militares que apoyaban al Directorio, se encontraba Napoleón Bonaparte, que no tardó en hacerse del poder, mediante un golpe militar, aprovechando el gran prestigio que se había ganado en las diversas victorias militares en otros países. En 1799 se apoderó del gobierno se Francia, y se coronó como Primer Cónsul, concentrando cada vez más poder, hasta llegar a emperador en 1804. Con el tiempo la burguesía lo apoyó, ya que conservó muchos de los principios declarados en la Constitución, especialmente aquellos que beneficiaban a la burguesía más acomodada. A su vez estos lo apoyaban, porque evitaban el regreso de la república jacobina y del antiguo régimen aristocrático.
Consecuencias de la Revolución Francesa


1-Se destruyó el sistema feudal


2-Se dió un fuerte golpe a la monarquía absoluta


3-Surgió la creación de una República de corte liberal


4-Se difundió la declaración de los Derechos del hombre y los Ciudadanos


5-La separación de la Iglesia y del Estado en 1794 fue un antecedente para separar la religión de la política en otras partes del mundo


6-La burguesía amplió cada vez más su influencia en Europa


7-Se difundieron ideas democráticas


8-Los derechos de los señores feudales fueron anulados


9-Comenzaron a surgir ideas de independencia en las colonias iberoamericanas


10-Se fomentaron los movimientos nacionalistas

miércoles, 11 de marzo de 2009

La sombra del águila

La sombra del águila narra una historia basada en un hecho real: durante la campaña de Rusia de 1812, en un combate adverso para las tropas napoleónicas, un batallón de antiguos prisioneros españoles, enrolados a la fuerza en el ejército francés, intenta desertar, pasándose a los rusos. Interpretando erróneamente el movimiento, el emperador lo toma por un acto de heroísmo y ordena en su auxilio una carga de caballería que tendrá imprevisibles consecuencias.
Chic@s os aquí os dejo unas líneas de esta obra, es un fragmento algo largo, pero muy ilustrativo de las campañas de Napoleón en Rusia:

Estaba allí, de pie sobre la colina, y al fondo ardía Sbodonovo. Estaba allí, pequeño y gris con su capote de cazadores de la Guardia, rodeado de plumas y entorchados, gerifaltes y edecanes, maldiciendo entre dientes con el catalejo incrustado bajo una ceja, porque el humo no le dejaba ver lo que ocurría en el flanco derecho.
Estaba allí igual que en las estampas iluminadas, tranquilo y frío como la madre que lo parió, dando órdenes sin volverse, en voz baja, con el sombrero calado, mientras los mariscales, secretarios, ordenanzas y correveidiles se inclinaban respetuosamente a su alrededor. Sí, Sire. En efecto, Sire. Faltaba más, Sire. Y anotaban apresuradamente despachos en hojas de papel, y batidores a caballo con uniforme de húsar apretaban los dientes bajo el barbuquejo del colbac y se persignaban mentalmente antes de picar espuelas y salir disparados ladera abajo entre el humo y los cañonazos, llevando las órdenes, quienes llegaban vivos, a los regimientos de primera línea. La mitad de las veces los despachos estaban garabateados con tanta prisa que nadie entendía una palabra, y las órdenes se cumplían al revés, y así nos lucía el pelo aquella mañana. Pero él no se inmutaba: seguía plantado en la cima de su colina como quien está en la cima del mundo. Él arriba y nosotros abajo viéndolas venir de todos los colores y tamaños. Le Petit Caporal, el Pequeño Cabo, lo llamaban los veteranos de su Vieja Guardia. Nosotros lo llamábamos de otra manera. El Maldito Enano, por ejemplo. O Le Petit Cabrón.
Le pasó el catalejo al mariscal Lafleur, siempre sonriente y untuoso, pegado a él como su sombra, quien igual le
proporcionaba un mapa, que la caja de rapé, que le mamporreaba sin empacho fulanas de lujo en los vivacs, y blasfemó en corso algo del tipo sapristi de la puttana di Dio, o quizá fuera lasaña di la merda di Milano; con el estruendo de cañonazos era imposible cogerle el punto al Ilustre.
—¿Alguien puede decirme —se había vuelto hacia sus edecanes, pálido y rechoncho, y los fulminaba con aquellos ojos suyos que parecían carbones ardiendo cuando se le atravesaba algo en el gaznate— qué diablos está pasando en el flanco derecho?
Los mariscales se hacían de nuevas o aparentaban estar muy ocupados mirando los mapas. Otros, los más avisados, se llevaban la mano a la oreja como si el cañoneo no les hubiera dejado oír la pregunta. Por fin se adelantó un coronel de cazadores a caballo, joven y patilludo, que había estado abajo: ida y vuelta y los ojos como platos, sin chacó y con el uniforme verde hecho una lástima, pero en razonable estado de salud.
De vez en cuando se daba golpecitos en la cara tiznada de humo porque aún no se lo creía, lo de seguir vivo.
—La progresión se ve entorpecida, Sire.
Aquello era un descarado eufemismo. Era igual que, supongamos, decir: «Luis XVI se cortó al afeitarse, Sire». O: «el príncipe Fernando de España es un hombre de honestidad discutible, Sire». La progresión, como sabía todo el mundo a aquellas alturas, se veía entorpecida porque la artillería rusa había machacado concienzudamente a dos regimientos de infantería de línea a primera hora de la mañana, sólo un rato antes de que la caballería cosaca hiciera filetes, literalmente, a un escuadrón del Tercero de Húsares y a otro de lanceros polacos. Sbodonovo
estaba a menos de una legua, pero igual daba que estuviese en el fin del mundo. El flanco derecho era una piltrafa, y tras cuatro horas de aguantar el cañoneo se batía en retirada entre los rastrojos humeantes de los maizales arrasados por la artillería. No se puede ganar siempre, había dicho el general Le Cimbel, que mandaba la división, cinco segundos antes de que una granada rusa le arrancara la cabeza, pobre y bravo imbécil, toda la mañana llamándonos muchachos y valientes hijos de Francia, tenez les gars, sus y a ellos, la gloria y todo eso. Ahora Le Cimbel tenía el cuerpo tan lleno de gloria como los otros dos mil infelices tirados un poco por aquí y por allá frente a las arruinadas casitas blancas de Sbodonovo, mientras los cosacos,
animados por el vodka, les registraban los bolsillos rematando a sablazos a los que aún coleaban. La progresión entorpecida. Agárreme de aquí, mi coronel.
—¿Y Ney? —el Ilustre estaba furioso. Por la mañana le había escrito a Nosequién que esperaba dormir en Sbodonovo esa misma noche, y en Moscú el viernes. Ahora se daba cuenta de que todavía iba a tardar un rato—. ¿Qué pasa con Ney?
Aquella era otra. Las tropas que mandaba Ney habían tomado tres veces a la bayoneta, y vuelto a perder en memorable carnicería —línea y media en el boletín del Gran Ejercito al día siguiente— , la granja que dominaba el vado del Vorosik. Por allí se nos estaban colando los escuadrones de caballería rusos uno tras otro, como en un desfile, todos invariablemente rumbo al flanco derecho. Que a esas horas aún se llamaba flanco derecho como podría llamarse Desastre Derecho o Gran Matadero Según Se Va A La Derecha.
Entonces, empujando una gruesa línea de nubes plomizas que negreaba en el horizonte, un viento frío y húmedo empezó a soplar desde el este, abriendo brechas en la humareda de pólvora e incendios que cubría el valle. El Ilustre extendió una mano, requiriendo el catalejo, y
oteó el panorama con un movimiento semicircular —el mismo que hizo ante la rada de Abukir cuando dijo aquello de «Nelson nos ha jodido bien»— mientras los mariscales se preparaban lo mejor que podían para encajar la bronca que iba a caerles encima de un momento a otro. De pronto el catalejo se detuvo, fijo en un punto. El Enano apartó un instante el ojo de la lente, se lo frotó, incrédulo, y volvió a mirar.
—¿Alguien puede decirme qué diantre es eso?
Y señaló hacia el valle con un dedo imperioso e imperial, el que había utilizado para señalar las
Pirámides cuando aquello de los cuarenta siglos o —en otro orden de cosas— el catre a María
Valewska. Todos los mariscales se apresuraron a mirar en aquella dirección, e inmediatamente brotó un coro de mondieus, sacrebleus y nomdedieus. Porque allí, bajo el humo y el estremecedor ronquido de las bombas rusas, entre los cadáveres que el flanco derecho había dejado atrás en el desorden de la retirada, en mitad del infierno desatado frente a Sbodonovo, un solitario, patético y enternecedor batallón con las guerreras azules de la infantería francesa de línea, avanzaba en buen orden, águila al viento y erizado de bayonetas, en línea recta hacia el enemigo.
Hasta el Ilustre se había quedado sin habla.
Durante unos interminables segundos mantuvo la vista fija en aquel batallón. Sus rasgos pálidos se habían endurecido, marcándole los músculos en las mandíbulas, y los ojos de águila se entornaron mientras una profunda arruga vertical le surcaba el entrecejo, bajo el sombrero, como un hachazo.
—Se han vu-vuelto lo-locos —dijo el general Labraguette, un tipo del Estado Mayor que siempre tartamudeaba bajo el fuego y en los burdeles, porque en la campaña de Italia lo había
sorprendido un bombardeo austríaco en una casa de putas—. Completamente lo-locos, Si-Sire.
El Enano mantuvo la mirada fija en el solitario batallón, sin responder. Después movió lento y majestuoso la augusta cabeza, la misma —evidentemente— en la que él mismo se había ceñido la corona imperial aquel ía en Nôtre Dame, tras arrancarla de las manos del papa Clemente VII, inútil y viejo chocho, ignorante de con quién se jugaba los cuartos. Fíate de los corsos y no corras. Que se lo preguntaran, si no, a Carlos IV, el ex-rey de España. O a Godoy, aquel fulano grande y simpaticote con hechuras de semental. El macró de su legítima.
—No —dijo por fin en voz baja, en un tono admirado y reflexivo a la vez—. No son locos, Labraguette —el Petit se metió una mano entre los botones del chaleco, bajo los pliegues del capote gris, y su voz se estremeció de orgullo—. Son soldados, ¿comprende?... Soldados franceses de la Francia. Héroes oscuros, anónimos, que con sus bayonetas forjan la percha donde yo cuelgo la gloria... —sonrió, enternecido, casi con los ojos húmedos—. Mi buena, vieja y fiel infantería.
Iluminada fugazmente desde su interior por los relámpagos de las explosiones, la humareda del combate ocultó por un momento la visión del campo de batalla, y todos, en la colina, se estremecieron de inquietud. En aquel instante, la suerte del pequeño batallón, su epopeya osada y singular, la inutilidad de tan sublime sacrificio, acaparaban hasta el último de los pensamientos. Entonces el viento arrancó jirones de humo abriendo algunos claros en la humareda, y todos los pechos galoneados de oro, alamares y relucientes botonaduras, todos los estómagos bien cebados del mariscalato en pleno, exhalaron al unísono un suspiro de alivio. El batallón seguía allí, firme ante las líneas rusas, tan cerca que en poco tiempo llegaría a distancia suficiente para cargar a la bayoneta.
—Un hermoso su-suicidio —murmuró conmovido el general Labraguette, sorbiéndose con disimulo una lágrima. A su alrededor, los otros mariscales, generales y edecanes asentían graves con la cabeza. El heroísmo ajeno siempre conmueve una barbaridad.
Aquellas palabras rompieron el estado de hipnosis en que parecía sumido el Ilustre.
—¿Suicidio? —dijo sin apartar los ojos del campo de batalla, y soltó una breve risa sarcástica y resuelta, la misma del 18 Brumario, cuando sus granaderos hacían saltar por la ventana a los padres de la patria pinchándolos con las bayonetas en el culo—. Usted se equivoca, Labraguette. Es el honor de Francia —miró a su alrededor como si despertara de un sueño y alzó una mano—. ¡Alaix!
El coronel Alaix, que coordinaba las misiones de enlace, dio un paso al frente y se quitó el sombrero. Era un individuo de ascendencia aristocrática, relamido y pulcro, que lucía un aparatoso mostacho rizado en los extremos.
—¿Sire?
—Averígüeme quiénes son esos valientes.
—Inmediatamente, Sire.
Alaix montó a caballo y galopó ladera abajo, mientras todos en la colina se mordían los galones de impaciencia. Al poco rato estaba de vuelta, sin aliento, con un agujero en mitad de la escarapela tricolor que lucía en el emplumado sombrero. Saltó del caballo antes de que este se detuviera encabritado entre una nube de polvo, imitando la pose del jinete de cierto conocido cuadro de Gericault. Alaix tenía fama de numerero y fantasma, y nadie lo tragaba en el Estado Mayor. A todos los mariscales les habría encantado verlo partirse una pierna al desmontar.
El Ilustre lo fulminaba con la mirada, impaciente.
—¿Y bien, Alaix?
—No se lo va a creer, Sire —el coronel escupía polvo al hablar—. No se lo va a creer.
—Lo creeré, Alaix. Desembuche.
—No se lo va a creer.
—Le aseguro que sí. Venga.
—Es que es increíble, Sire.
—Alaix —el Ilustre daba impacientes golpecitos sobre el cristal del catalejo—. Le recuerdo que al duque de Enghien lo hice fusilar por menos de eso. Y que con esa mierda de flanco derecho deben de quedar cantidad de vacantes de sargento de cocinas...
Los generales se daban con el codo y sonreían, cómplices. Ya era hora de que le metieran un paquete a aquel gilipollas. Alaix suspiró hondo, hundió la cabeza entre los entorchados de los hombros y se miró la punta del sable.
—Españoles, Sire.
El catalejo fue a caer entre las botas del Ilustre. Un par de mariscales de Francia se abalanzaron a recogerlo, con presencia de ánimo admirable pero estéril. El Enano estaba demasiado boquiabierto para reparar en el detalle.
—Repita eso, Alaix.
Alaix sacó un pañuelo para secarse la frente.
Le caían gotas de sudor como puños.
—Españoles, Sire. El 326 batallón de Infantería de Línea, ¿recuerda?... Voluntarios.
Aquellos tipos que se alistaron en Dinamarca.
Como obedeciendo a una señal, todos cuantos se hallaban en lo alto de la colina miraron de nuevo hacia el calle. Bajo los remolinos de humo, en filas compactas entre las que relucían sus bayonetas, haciendo caso miso del diluvio de fuego que levantaba surtidores de tierra y metralla a su alrededor, marchando a través de los rastrojos de maizal sembrados de cadáveres, el 326 batallón de Infantería de Línea —o sea, nosotros— proseguía imperturbable su lento avance solitario hacia los cañones rusos.

Arturo Pérez Reverte.
© Santillana Ediciones Generales S.L